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Que la televisión no dependa del capricho de los inversores

A nadie escapa que las comunicaciones se convirtieron en una de las problemáticas básicas de la contemporaneidad, tanto a nivel nacional como internacional. No sólo por la importancia que asumieron en el ritmo de la economía global, sino también por las repercusiones de su funcionamiento en el desarrollo social y cultural. En su marco, la televisión es una de las protagonistas clave.

Hace décadas que no se puede disimular la influencia del medio en el proceso de adopción de decisiones. Inclusive, la televisión funcionó como los “ojos del mundo” durante muchos conflictos y ante otras amenazas contra la paz y la seguridad mundial. Desde la primera Guerra del Golfo (1991) puede afirmarse que en sus formatos tradicionales, la televisión resignó su vocación por la verdad pero en la actualidad, al proliferar los medios televisivos virtuales, se abren nuevas perspectivas sobre su alcance.

Más allá de su empleo por las grandes corporaciones trasnacionales de la comunicación y sus émulos locales, la televisión tiene el poder de llamar la atención de la sociedad sobre las cuestiones trascendentes de características económicas y sociales. Brinda un ejemplo sobre la aplicación de las nuevas metodologías la Televisión de las Naciones Unidas, que informa desde todo el mundo con imágenes que llegan directamente desde el sitio donde tenga lugar la última catástrofe humanitaria.

Nuevas tecnologías mediante, a través de esa señal y de muchas otras que no figuran en las grillas de los canales de la televisión por cable, es posible acceder a documentales que ponen el acento en destacar las facetas humanas de los asuntos prioritarios del siglo XXI: la vigencia de los derechos humanos, la paz, la seguridad y el desarrollo. Herméticas durante décadas, ahora es posible seguir en directo las reuniones del Consejo de Seguridad de la ONU cuando atina a tratar las más candentes crisis de alcance global y también la evolución de la Asamblea General, cuando los presidentes de los respectivos países se reúnen anualmente en Nueva York.

Los interesados en política internacional ya no dependen de la CNN o de la visión casi siempre antojadiza de los canales informativos argentinos. La señal de la ONU informa desde el lugar de los hechos sobre las misiones de mantenimiento de la paz en Sudán del Sur o Haití o bien, sobre las gestiones políticas en sitios como Afganistán y Colombia. Por un lado, el ámbito de las comunicaciones ofrece procesos de concentración como nunca. Por el otro, chances inagotables de sortear los cercos mediáticos.

En 1996, la Asamblea General de la ONU proclamó al 21 de noviembre como el Día Mundial de la Televisión. Aquel año se celebró el primer Foro Mundial de la Televisión, con la participación de importantes figuras del medio de comunicación. El cónclave se celebró para considerar cómo podía reforzar su cooperación la televisión en su conjunto. La resolución en la que se estableció la conmemoración implica reconocer el gran impacto que tienen las comunicaciones televisivas de alcance global en el escenario mundial.

Desde entonces y con más énfasis 21 años después, la televisión es considerada como una herramienta importante de orientación, canalización y movilización de la opinión pública. Su impacto en los asuntos políticos no puede negarse, como bien sabemos los argentinos y argentinas. Más allá de sus claroscuros, que se discutiera tan a fondo el rol de los grandes medios de comunicación en la Argentina durante el período gubernamental anterior, constituye uno de sus logros positivos.

En la Argentina, si bien el gobierno actual modificó de manera considerable la Ley 26.522 de Servicios de Comunicación Audiovisual, está vigente el objeto de regularlos, entre ellos, la televisión. Asimismo, la obligación legal de desarrollar mecanismos que se destinen “a la promoción, desconcentración y fomento de la competencia con fines de abaratamiento, democratización y universalización del aprovechamiento de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación”.

El artículo segundo de la norma en vigencia afirma que “la actividad realizada por los servicios de comunicación audiovisual se considera una actividad de interés público, de carácter fundamental para el desarrollo sociocultural de la población por el que se exterioriza el derecho humano inalienable de expresar, recibir, difundir e investigar informaciones, ideas y opiniones”. Demasiado importante como para que la televisión como actividad, quede librada a los vaivenes del mercado y los criterios de los inversores.

El mismo artículo afirma que “la comunicación audiovisual en cualquiera de sus soportes resulta una actividad social de interés público, en la que el Estado debe salvaguardar el derecho a la información, a la participación, preservación y desarrollo del Estado de Derecho, así como los valores de la libertad de expresión”. Que se cumpla la ley entonces. Durante todos los gobiernos porque esa es su función.

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