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Mantener a raya el consumismo

Comenzó diciembre y la cuenta regresiva para las fiestas de fin de año, que usualmente implican una exacerbación del consumo. La situación parece propicia para llamar a la reflexión y meditar sobre la actividad de consumir, que es la que llevamos a cabo durante más ocasiones en el día… La necesidad de organizar la actividad económica según criterios de justicia y de respeto, tanto a las personas como a la naturaleza, es un asunto demasiado importante.

La noción de consumo crítico tiene que ver con la vocación de vivir de una manera responsable. Como consumidores, constituimos un eslabón de mucha importancia en el funcionamiento de la economía: la situación global exige que desarrollemos criterios críticos hacia los mandatos que se imparten desde los grandes medios y la publicidad. Esa toma de conciencia se impone con urgencia, al tornarse cada vez más evidentes los deterioros sociales y ambientales.

Consideraciones sobre la distribución injusta de la riqueza a escala global y sobre el aumento de la pobreza se reproducen a diario en los medios de prensa, al igual que los efectos que provoca el cambio climático. Los ejemplos son muchísimos: los fenómenos migratorios desde los países pobres hacia los ricos, la deforestación y la desertización, la eliminación de la biodiversidad y la explotación laboral de mujeres y niños, entre otros flagelos.

Es mucha la incidencia que como consumidores, se puede adquirir en las decisiones económicas de los gobiernos y de las grandes compañías. Frente a la irracionalidad contemporánea, es saludable levantar los conceptos del consumo ético, que inquiere sobre las condiciones sociales y ecológicas en las que se elaboran productos o servicios: una actitud ética al consumir consiste en decidir la compra a partir de la historia del producto o servicio y de la conducta de la empresa que opera en el mercado. Al valorar las opciones más justas, solidarias o ecológicas, se consume de acuerdo a esos valores.

Para edificar con paciencia un ejercicio continuo de consumo ético hay que buscar información y apuntar a la formación de un pensamiento. Desde septiembre de 2007 se debate en Bariloche la cuestión del consumo de alcohol y su incidencia en lamentables sucesos que troncharon vidas demasiado jóvenes. Si se ojea someramente la cantidad de avisos televisivos y gráficos que equiparan diversión y seducción con la ingesta de bebidas alcohólicas, se advertirá qué tan necesaria es una visión crítica de los mandatos publicitarios.

La reducción de los niveles de consumo es una opción ética. Quizás esta aseveración sea más válida para los países del Primer Mundo que para los nuestros, eternamente en vías de desarrollo. Pero no carece de sensatez. Se viene el verano y sabemos qué suele suceder: sólo los aparatos de aire acondicionado de las grandes ciudades demandan la mitad de la oferta energética del país. Por otro lado, ya señalamos en reiteradas oportunidades el carácter perverso que tiene poner el campo al servicio de la producción de combustibles, en desmedro de los alimentos. ¿Para qué se fabrican motores tan grandes en vehículos familiares, si el agotamiento de las fuentes tradicionales de energía es un hecho? ¿Para qué se desarrollan automóviles capaces de alcanzar altas velocidades si están prohibidas y demandan mayor combustible?

El poder individual del consumidor podrá resultar muy pequeño pero ya Gandhi se encargó de demostrar qué tan eficaz pueden resultar las huelgas de consumidores o boicots. Además, pueden resultar más saludables. ¿Cuántos productos supuestamente alimenticios adquirimos por semana para nosotros y nuestros hijos que en realidad, deterioran nuestra salud dental, nuestra línea y con los años, nuestro funcionamiento cardiovascular?

Cuando se debatió años atrás el tema de las fábricas de celulosa sobre el río Uruguay afloraron varias preguntas interesantes. ¿Cuántos árboles se dejarían de talar si las prestadoras de servicios públicos y las empresas de tarjetas de crédito fueran más racionales a la hora de llenarnos de folletos? Papelería que dicho sea de paso, la mayoría de los clientes ni siquiera lee.

A cada momento es posible tomar una decisión en función de estos criterios, porque consumir es la actividad social que en más ocasiones desarrollamos por día. Cada vez que nos disponemos a consumir, los ciudadanos somos muy poderosos y en ese momento, las empresas están en una relación de dependencia. Entonces, se impone ejercer ese poder, porque inclusive puede redundar en beneficios monetarios, al inducir bajas en los precios.

Al consumo ético hay que cruzarlo con el ecológico, más difundido con su fórmula de las tres “R”, es decir, reducir, reutilizar y reciclar. Si bien a raíz de la dimensión social de la existencia siempre tendrán más incidencia los comportamientos que puedan articularse colectivamente, no hay que desdeñar las posibilidades individuales o familiares al poner en práctica esas ideas.

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