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Cuando el Senado fue trinchera

Ante los renovados zigzag que practican varios de los políticos argentinos, entre ellos, los que votaron el proyecto oficialista de Reforma Previsional en el Senado, quizá resulte oportuno traer a colación figuras que no supieron de dobleces y que desde la misma Cámara Alta, desnudaron complejas tramas que afectaban los intereses del país. En particular, nos referiremos a Lisandro de la Torre, cuyo natalicio se produjo un día como hoy pero de 1868.


El contexto tenía que ver con la crisis mundial que hizo eclosión en 1929. La coyuntura sorprendió a la Argentina en uno de sus momentos institucionales más vergonzosos: la Década Infame. Símbolo categórico de aquella época fue el pacto Roca – Runciman, que el gobierno celebró con Londres para que Gran Bretaña continuara con sus compras de carne en la Argentina. Hay varios equivalentes actuales a ese despropósito.

Hacia 1932, la crisis hacía estragos, inclusive en la potencia global de entonces: Gran Bretaña. Londres reunió a sus colonias y socios para reorganizar su comercio exterior y allí, decidió dejar de adquirir productos cárnicos en la Argentina. En su lugar, canalizaría libras esterlinas hacia Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Los sectores ganaderos del país que cimentaban sus fortunas en las exportaciones, no daban crédito a las informaciones.

El gobierno de Agustín Justo envío a la capital imperial a Julio Roca (hijo). Fue en aquella ocasión que el vicepresidente sostuvo públicamente y sin sonrojarse, que la Argentina era desde el punto de vista económico, una parte integrante del imperio británico. Otro miembro de la delegación dijo a su turno: “la Argentina es una de las joyas más preciadas de su graciosa majestad”. Finalmente, “Julito” logró su cometido.

Por el acuerdo tristemente célebre, Inglaterra se comprometía a comprar carnes argentinas, siempre y cuando su precio fuera menor al de los demás proveedores. Como contrapartida, Buenos Aires aceptaba una auténtica enajenación de su soberanía, ya que derogaba los impuestos que pesaban sobre los productos ingleses y se comprometía a no autorizar la instalación de nuevos frigoríficos nacionales.

Pero un argentino con sentido del honor alzó su voz en el Senado, presa de la indignación. El recinto escuchó sus discursos perseverantes: “El gobierno inglés le dice al gobierno argentino ‘no le permito que fomente la organización de compañías que le hagan competencia a los frigoríficos extranjeros’. En esas condiciones, no podría decirse que la Argentina se haya convertido en un dominio británico, porque Inglaterra no se toma la libertad de imponer a los dominios británicos semejantes humillaciones. Los dominios británicos tienen cada uno su cuota de importación de carnes y la administran ellos. La Argentina es la que no podrá administrar su cuota. No sé si después de esto podremos seguir diciendo: ‘al gran pueblo argentino, salud’”.

Corría mayo de 1935. Lisandro de la Torre acusó por fraude y evasión impositiva al frigorífico Anglo. El senador por Santa Fe aportó pruebas que comprometían directamente a dos ministros de Justo. El fundador del Partido Demócrata Progresista probó cómo se ocultaba información contable en cajas selladas por el Ministerio de Hacienda y demostró hasta dónde llegaba la impunidad de los frigoríficos ingleses.

En el fragor de la pelea, las denuncias demostraron las conexiones del gobierno con otros negociados. El capítulo siguiente de la historia es más o menos conocido: un matón del Partido Conservador atentó contra la vida del senador pero en su lugar, ultimó a su compañero de bancada, Enzo Bordabehere. El régimen corrupto logró su objetivo, porque dio por terminado el debate. Para consumar su obra, el gobierno nacional intervino Santa Fe y desplazó a la gestión del gobierno demócrata progresista.

De la Torre no encontraba consuelo, emocionalmente estaba hecho trizas. En una de sus últimas intervenciones en el Senado, se anticipó 40 años a la historia. “El peligro comunista es un pretexto, es el ropaje con que se visten los que saben que no pueden contar con las fuerzas populares para conservar el gobierno y se agarran del anticomunismo como una tabla de salvación. Bajo esa bandera se pueden cometer toda clase de excesos y quedarse con el gobierno sin votos. Yo soy un afiliado a la democracia liberal y progresista, que al proponerse disminuir las injusticias sociales trabaja contra la revolución comunista, mientras los reaccionarios trabajan a favor de ella con su incomprensión de las ideas y de los tiempos”.

Después de ese discurso, renunció a su banca. El 5 de enero de 1939, no pudo soportar más la deshonra y se mató. Se tornará más edificante y justiciero recordarlo hoy, al cumplirse un nuevo aniversario de su nacimiento. Más allá de preferencias políticas, habrá que admitir que no quedan muchos argentinos de esa talla inconmensurable.

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