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Progreso que destruye no es progreso

En la gestación de las primeras áreas protegidas de la historia nacional se pueden rastrear rasgos de la lógica colonialista filo-europea. En efecto, desde las grandes urbes se consideró que era necesario preservar ciertos paisajes y otros no, trama que bien conocemos en este rincón de la Patagonia. Por su similitud a la zona alpina europea, se decidió que el área superlativa a conservar era la que nos toca habitar.

Sólo recientemente se comprendió que todos los ecosistemas tienen su valor y que está muy bien resguardar bosques de cipreses, lagos y laderas montañosas pero, ¿por qué admitir la destrucción de otros ambientes? La actividad económica que se desarrolla en la Argentina del siglo XXI no hace más que completar la destrucción de los biomas autóctonos, proceso que se inició cuando después de la derrota de la Confederación -allá por 1861- el bando victorioso abrazó definitivamente el modelo agro-exportador como columna vertebral del quehacer productivo.

En el Centro-Norte del país, apenas si quedan rastros de la flora originaria, privilegio que en cambio, sí tenemos en el Sudoeste rionegrino. Si fuera posible detenerse en una historia del paisaje, se advertirá que en poco más de 150 años modificamos sustancialmente su estructura y a la luz del curso que tomaron los acontecimientos, está en duda aquella bandera del progreso indefinido de la que todavía hace gala la modernidad.

En el corazón de la Argentina agro-exportadora, los algarrobos, caldenes y espinillos son una rareza. Nos referimos al Centro y Sur de Córdoba, parte de Buenos Aires, de La Pampa y de Santa Fe. Prácticamente, los bastiones de la patria de la soja. Es justamente la provincia mediterránea la que ostenta un dudoso privilegio, ya que de los 12 millones de hectáreas sobre las cuales se desparramaban montes nativos, apenas si quedan con su estructura original menos de 600 mil, es decir, el 5 por ciento.

Tres ecosistemas existían antiguamente en la jurisdicción que periódicamente es noticia por las impiadosas sequías o las inundaciones: el Chaqueño, el Espinal y el Pampeano. Se afirma que los dos últimos ya desaparecieron como sistemas extensos. ¿Por qué se decidió oportunamente conservar el bosque andino patagónico y no aquellas selvas ranquelinas de las que nos hablan las crónicas del siglo XIX? ¿A qué respondió esa concepción jerárquica de la vida? La respuesta no encuentra explicación si no es en el acervo cultural de aquellos que supusieron que civilización era la europea y barbarie todas las demás. Geografía digna de imitación la del Centro-Norte de aquel continente y susceptible de modificación o extinción las diferentes.

La Argentina es signataria del Convenio Internacional de Biodiversidad. Según se acepta en términos internacionales, “la superficie remanente de bosques en buen estado de conservación debería alcanzar como mínimo un 15 por ciento de cada ecosistema”. Otras opiniones se refieren a un 10 por ciento. Pero más allá de la disputa porcentual, ya quedó en evidencia que la persistencia de la biodiversidad tiene profundas implicancias ecológicas y en consecuencia, sociales, culturales y económicas.

Cuando un ecosistema disminuye drásticamente o desaparece como consecuencia del corrimiento de la frontera agropecuaria, no es que solamente deja de existir un conjunto de arbolitos de finalidad ornamental o paisajística, como quiso un ex secretario de Planeamiento de la Municipalidad de Bariloche, de triste recuerdo. Son porciones considerables de vida las que se pierden.

La destrucción de los biomas primigenios es un proceso que se acentuó en los últimos 20 años a partir de las superlativas ganancias monetarias que aporta el monocultivo de la soja genéticamente modificada, actividad que no apunta a producir alimentos, sino a profundizar la acumulación de capital especulativo. En la búsqueda insaciable de utilizar en forma más eficiente el factor tierra, hoy se termina con los pequeños montes, últimos reductos de flora autóctona sobreviviente.

No obstante, la costumbre de dominar el entorno se implantó –como decíamos- a fines del siglo XIX. La concepción política que predominó gracias a la suerte de las armas y de enormes traiciones, entendió que las extensiones a incorporar y la gente que allí vivía, eran enemigas de la riqueza que supuestamente, el destino auguraba para la Argentina. Los cultivos de maíz, lino y trigo que impulsaron los inmigrantes necesitan superficies “limpias” de todo obstáculo, ya fueran tolderías o algarrobales.

Claro que la suerte de los montes y bosques argentinos no es muy distinta a la que padecieron en el resto de América, en África o Asia. Los primeros en terminar con sus bosques fueron los europeos y al importar esa manera de entender la economía, no hicimos más que adherir a la concepción “occidental” que entiende al progreso de determinada manera. Hace tiempo que es hora de revisar ese dogma.

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