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Crecimiento no es progreso

Cambio climático y crecimiento son dos conceptos que están de manera permanente en la consideración pública. Más allá de la persistencia de algunas negativas importantes, como la del presidente estadounidense, cada vez es más la gente que admite que estamos frente a un proceso de cambio en el clima global y que en el origen de esas modificaciones, está la actividad económica humana. En cambio, alrededor del concepto de crecimiento no hay tantas discusiones, aunque se entrevea que tal como está planteado, no tiene nada de sustentable y que precisamente, motoriza el calentamiento global.

Todavía se supone que el crecimiento es progreso aunque en el sentido común, hace rato que prevalece la noción según la cual, crecimiento es el económico. Sin demasiadas complicaciones, se supone que si éste se registra, el progreso social o el desarrollo irán de la mano. Sin embargo, la realidad de las últimas décadas demuestra que el PBI puede ir en ascenso y cada vez más innovaciones tecnológicas incorporarse, sin que esas tendencias supongan mejoras en las condiciones de vida de amplios sectores sociales. Menos aún, que deriven en mayor sustentabilidad planetaria.

Para problematizar la categoría de crecimiento, hace tiempo que se comenzó a medir el bienestar de las sociedades de otras maneras que observan los resultados sociales y medioambientales, no sólo los económicos según las concepciones clásicas de la macroeconomía. Una de las herramientas es el Índice de Progreso Social, que básicamente tiene en cuenta el bienestar de las personas y la sustentabilidad de las prácticas económicas. El IPS recuerda que la marcha de la economía no es un fin en sí mismo, sino un medio para objetivos que la trascienden.

Son criterios a discutir cuando la globalización al estilo neoliberal retomó vigor después de la crisis que sufrió en 2008. En la actualidad, las grandes corporaciones imponen el predominio financiero sobre la economía a través de las desregulaciones de toda índole, la reducción del “gasto” social, las privatizaciones, la des-localización de las empresas y el establecimiento de normativas laborales que tiene mucho en cuenta los intereses empresarios y poco los derechos de los trabajadores.

En términos globales, la coyuntura que caracteriza a la Argentina de los últimos dos años no es ninguna novedad e implica regresiones en los ámbitos fiscal, laboral, social y ambiental, con el resultado de una desigualdad insultante. En forma simultánea, la recuperación y crecimiento de los PBI lleva al conjunto del planeta a una situación límite de deterioro sin precedentes, con el cambio climático como síntoma más evidente.

Si bien el cuadro que describimos se extremó de forma considerable en los últimos 50 años, las raíces del estropicio se hunden algo más de dos siglos atrás, cuando la Revolución Industrial naturalizó la alienación de millones de personas con la excusa precisamente del progreso, mientras al mismo tiempo se comenzó a someter a los recursos naturales a una presión inédita que desde entonces, jamás menguó. Obtener el máximo beneficio en el menor tiempo posible, dogma que no demoró demasiado en revelar su carácter intrínsecamente destructivo…

La tensión es irresoluble: objetivos infinitos como el crecimiento, el consumo y la acumulación, a partir de recursos naturales que son limitados. La primera fase de la Revolución Industrial se basó en el carbón y la segunda en el petróleo. El progreso tecnológico y económico que se registró entre los siglos XVIII y XIX no tenía precedentes. El sufrimiento de buena parte de la humanidad tampoco, al igual que la degradación planetaria.

Según la Agencia Internacional de Energía, las emisiones de CO2 aumentarán el 130 por ciento de aquí a 2050 con las pautas actuales. Resulta urgente entonces introducir transformaciones que conduzcan hacia un modelo socio-económico compatible con los límites del planeta. Es ingenuo suponer que los avances tecnológicos solucionarán los problemas sin modificar las dinámicas socioeconómicas. Hay sobradas experiencias al respecto.

Ante las perspectivas que hacen suyas los científicos y que de a poco, comienzan a instalarse en el conjunto de la ciudadanía, se torna urgen avanzar hacia experiencias de transición, en primera instancia energéticas y alimentarias. Frente al carácter insostenible de las grandes ciudades y las megalópolis, pensar políticamente -no como experiencia hippie- en sociedades relativamente pequeñas que puedan funcionar con la mayor autonomía posible. Descentralizar los procesos de toma de decisión que hoy se concentran en el “mercado” y en instituciones que tienen grados importantes de complicidad con el proceso de desigualdad y deterioro… Profundizar la democracia pero no sólo en el rubro derechos políticos, sino también en decisiones que tengan que ver con la economía y la energía… En definitiva, pensar más en términos de equidad y justicia social y no tanto de PBI. Y cuestionar los valores que nos condujeron hasta aquí.

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