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Presupuestos para las universidades, la mejor manera de honrar la Reforma

Como el gobierno actual no es el más afecto a impulsar revisiones de la historia, sorprendió gratamente que declarara 2018 como el “Año del Centenario de la Reforma Universitaria”. A través de un decreto, el Poder Ejecutivo justificó la declaración para “evocar, analizar y actualizar el legado de esta gesta” que “sentó las principales bases del actual sistema universitario nacional”. La Casa Rosada avisó que “realizará acciones tendientes a rememorar, destacar y reflexionar junto a las instituciones universitarias y su comunidad académica y estudiantil, el significado de la Reforma Universitaria de 1918 y su legado".

Se conoce nuestra predilección por aquel suceso. Por entonces, habían pasado 28 años de la Revolución de 1890, la que había conseguido desestabilizar al régimen pro-británico de Mitre y Roca. Cabe recordar que en la “república” de la que hablan los libros, no existía para el pueblo el derecho al voto. Recién en 1916 los comicios se hicieron bajo la Ley Sáenz Peña (sufragio secreto y obligatorio). En 1918, se hablaba de las hazañas que los campesinos e indígenas mexicanos protagonizaban de la mano de Villa y Zapata. Nociones como la igualdad, la distribución de las tierras y de la riqueza se convertían en universales. Europa misma asistía a convulsiones sin precedentes y aquí en la Argentina, la esperanza se instalaba en los corazones de los jóvenes.

La Reforma Universitaria fue una especie de revolución cultural que se extendería por América Latina y el mundo con su mandato de democratización popular y acceso de los pueblos a la educación superior. Hasta entonces, las universidades eran aún un reducto reservado para los sectores más pudientes donde la libertad de cátedra era una quimera.

El proceso resultó de la movilización de la juventud cordobesa y tuvo como inspirador e ideólogo a un gran desconocido para la mayoría de los argentinos: Deodoro Roca, uno de los mayores intelectuales y pensadores que nuestro país produjera, cercano al pensamiento de Manuel Ugarte y del peruano José Carlos Mariátegui, aunque cronológicamente anterior al último. Su tesis doctoral elaborada en 1915 denunciaba la dominación continental estadounidense que derivaría de la política del “Gran Garrote” (Big Stick) de Teodoro Roosevelt y la Doctrina Monroe. Su obra fue original y sería de inspiración para varias camadas de jóvenes. Dicen que fueron sus compañeros de tertulias personajes como José Ortega y Gasset, Rafael Alberti, Enrique y Raúl González Tuñón, Raúl Haya de La Torre y Macedonio Fernández, que era su gran amigo.

Escribió Alberto Lapolla, estudioso fallecido prematuramente, que “su búsqueda permanente de la verdad, la belleza y el bien, lo articulan como un intelectual casi único en nuestra tierra, pues a ello sumaba su compromiso con el pueblo y la libertad”. Sobre él escribió Néstor Kohan: “Por lecturas (...) por lenguaje, por formación y por temperamento, Deodoro fue un hijo y un heredero tardío de la literatura y el pensamiento del novecientos (...) de aquel movimiento que en el verbo de José Enrique Rodó (...) aprendió a cuestionar la mediocridad prepotente, cuantitativa y materialista del yanqui en lo internacional y del burgués en ascenso en lo nacional, oponiéndole los valores irreverentes y cualitativos de la juventud latinoamericana. Sus otros maestros continentales fueron además de Rodó y del lejano eco antiimperialista de José Martí; Rubén Darío, José Vasconcelos, principalmente Manuel Ugarte, Leopoldo Lugones y José Ingenieros. Sin olvidarnos de los españoles Miguel de Unamuno y Juan Ramón Jiménez”.

Sería importante que los jóvenes universitarios de hoy supieran que el funcionamiento al que están acostumbrados es producto de una demanda exitosa. No siempre fue así... La Reforma fue bandera de varias generaciones de latinoamericanos que lucharon por conquistar la libertad de cátedra, la libre elección de autoridades, el cogobierno democrático, la reforma de los sistemas de enseñanza, la apertura ideológica, la autonomía y la aproximación de las universidades a los trabajadores. Estas demandas se extendieron prácticamente por todo el continente y luego de la Segunda Guerra llegaron a Europa. Nunca a Estados Unidos... En este sentido, los argentinos hicimos punta: fuimos los primeros en reformar las universidades.

Cien años después, se hace necesario poner una vez más la universidad al servicio de los pueblos. Triste será su labor si se limita a la producción de “papers” difícilmente aplicables a la realidad que impera fuera de sus paredes y a la investigación de evanescencias que poco tienen que ver con nuestra cotidianeidad. La universidad debe formar e investigar no sólo en beneficio de las demandas del “mercado”, sino de la sociedad donde debería estar inserta. Honrar la Reforma Universitaria, como amaga el gobierno nacional, empieza por dotar a las casas de altos estudios de los presupuestos que necesitan. Por allí pasa el más efectivo de los homenajes.

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