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Se fue Eddy Rapoport, maestro dentro y fuera de los claustros

Eddy Rapoport, el adiós a un personaje entrañable. Eddy Rapoport, el adiós a un personaje entrañable.

- DOCENTE, CIENTIFICO, ESCULTOR - 

Innovó científicamente y se esforzó para que sus hallazgos pudieran hacerse práctica en la vida cotidiana de la gente, ante la indiferencia gubernamental. Su noción de “buenezas” arribó inclusive a la cocina gourmet. Ya se lo extraña.


Por Adrián Moyano
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Primeros días de febrero, 2016. Con la excusa de “Aventuras y desventuras de un biólogo latinoamericano”, El Cordillerano se acercó a la casa de Eddy Rapoport. El libro había salido en los últimos días del año anterior y su presentación había sido multitudinaria, pero merecía más difusión. Entre muchas otras cosas que el biólogo le dijo al que firma aquella mañana luminosa, aseveró que “por la vida hay que transitar con humor”.

Un cuarto de siglo antes, el encuentro se había desarrollado en una oficina del laboratorio Ecotono, otro de los legados suyos que permanecerá. Por entonces, los fondos universitarios no sobraban, pero así y todo, ahí se construía conocimiento. En esa ocasión, la charla giró en torno a la contaminación por especies, noción que por entonces recién se abría paso y precisamente, gracias a la persistente tarea de Rapoport.

A pesar que los periodistas entrevistamos personas diariamente, hay sentencias que se enquistan en nuestra memoria y permanecen como carteles de alerta. Aquella vez avisó el biólogo en declaraciones que se reprodujeron en Diario Bariloche: “dentro de 100 años, el bosque patagónico se va a parecer mucho a cualquier bosque bonaerense”. Ahora que en cada verano hay que esforzarse por encontrar un mangangá, no queda menos que conceder y mirar el calendario: faltan 75 años para que se cumpla el aviso.

Unos años después y cuando el hambre apretaba a millones de argentinos -mediados de los 90- Rapoport sorprendía con una novedad explosiva: “hay enormes toneladas de comida por hectárea aquí en Bariloche”. No faltó quien escuchara con sorna la afirmación y bromeara sobre la supuesta amargura del diente de león. Pero tiempo después, hasta los chefs más renombrados se hicieron eco de sus enseñanzas.

Desde entonces, varios de los barilochenses introdujimos una variante en nuestro vocabulario. Eddy puso en tela de juicio la denominación de malezas para los yuyos que en realidad, tenían el potencial de enriquecer de manera sustantiva nuestra dieta y sugirió que debían llamarse buenezas. Si bien el diccionario permanece inconmovible y aún el corrector de Windows señala error, de la mano de Sara Itkin y otros continuadores intelectuales del científico que se nos fue, el concepto tiende a extenderse.

Vana insistencia

La indiferencia gubernamental ante sus hallazgos fue uno de los disgustos que se llevó consigo. A pesar de la contundencia de la evidencia científica, la difusión de su tarea fuera del ámbito universitario y sobre todo, la chance de incorporar sus conclusiones a la vida cotidiana, dependió de la receptividad de unos pocos maestros de escuela. Nunca un programa sistematizado, una tarea de difusión a gran escala… Imposible no vincular la omisión con el llamado casi desesperado a combatir la obesidad que lanzaron desde el sector público de la salud días atrás.

En ese encuentro veraniego de un año y meses atrás, rezongaba Eddy: “ofrecí el tema para la enseñanza primaria. La idea era preparar maestros para que salieron con los chicos a ver qué se come y qué no, por la escuela y por el barrio. Pero no interesó. Insistí durante una década cuando en los casos de extrema necesidad, se le daban a la gente fideos, arroz, harina, azúcar… Propuse incluir en esos paquetes las nociones más elementales de supervivencia”. Los resultados están a la vista.

En los años más recientes, a la par de su sosiego como científico, irrumpió una faceta que siempre estuvo pero que se hizo pública en los últimos 10 o 15 años: su pasión por la escultura. Al aire de una radio, Rapoport explicó sintéticamente su “Epífita Matete Verus Verus”, que ubicó en una dependencia de Parques Nacionales sobre la calle Gallardo. A simple vista, la obra es un enredo hecho a partir de cañas colihue, a las que el escultor había pintado. “El color rojo representa el enojo del escultor ante el desastre que hemos hecho en el mundo”, bramó. Corría 2009… Nunca antes su hablar habitualmente cálido y más bien parsimonioso, había dejado traslucir esa bronca.

Su compañera, Bárbara Drausal, avisó de su deceso por Facebook y al momento de redactar esta despedida para El Cordillerano, sumaban más de 200 los comentarios. El de la bióloga Valeria Ojeda suma para terminar de delinear la estatura del hombre que perdimos: “La partida de los maestros nos deja una responsabilidad en herencia a quienes tuvimos la fortuna de transitar sus aulas, trabajar en coautoría o simplemente disfrutar de sus palabras en alguna charla. Creo que todos esos a quien él abarcó (que fuimos muchísimos), sabremos lo mucho que hay de Eddy en nosotros”.

A diferencia de los estudiantes, los periodistas tenemos la chance de completar nuestra formación en público y aunque nuestra manera de rendir examen es distinta, Rapoport también nos enseñó. “Me divertí a lo grande, la pasé fenómeno y encima, me pagaron”, le dijo a este cronista, un año y monedas atrás, en su casa de La Cascada. Se adivinaba la despedida: “fue ideal, hice lo que me gusta, generalmente trabajando para alguna universidad”. Pero el doctor Eduardo H. Rapoport nos aportó a todos, pisáramos o no los claustros.

Mis cuentos no son imaginados

Primeramente, declaro solemnemente que no soy escritor. Como ejemplo, basta considerar que, sin elegancia alguna, acabo de usar dos adverbios en una sola frase. Mi discurso es llano ya que a los científicos se nos enseña a usar un lenguaje corto, claro, preciso. Los giros idiomáticos, frases retóricas y coloridas, comparaciones poéticas o expresiones literarias están prohibidas en las revistas de ciencia. También está prohibido el humor. A diferencia de Mario Vargas Llosa, al entrar en una librería no me moriría de angustia si no encuentro alguno de mis libros. Esa es, quizás, una de las compensaciones al dedicarse a la ciencia y no a la literatura. Ni por las tapas se me ocurriría que alguna de mis obras pudiera venderse en librerías. Asimismo, me distingo de García Márquez -de quien soy un ferviente admirador- porque creo que contar la historia verdadera no necesariamente trae mala suerte. Me diferencio de él, además, por carecer de un estilo literario propio, por no haber sido parrandero, no fumar cigarrillos sino pipa, jamás haber llegado a emborracharme (me duermo antes de levantarme de la silla) y mis cuentos no son imaginados sino reales, hasta el más mínimo detalle que pueda recordar. (Fragmento del proemio de “Aventuras y desventuras de un biólogo latinoamericano”, de Eduardo Rapoport)

Hoy habrá asueto en el CRUB

En vista de la importancia de la figura del ecólogo y profesor de nuestra Universidad, Eduardo Rapoport, fallecido el lunes, el decano de nuestra casa de estudios declaró por Resolución CRUB GBA Nº 1967/17 el asueto académico y administrativo para toda la jornada de hoy. A su vez, como lo indica el protocolo en estos casos, se ha dispuesto izar la bandera a media asta durante tres días.

Hoy a las 11 horas los restos de Eduardo Rapoport serán depositados en el Cementerio del Montañés. Se invita a toda la comunidad que así lo desee, a participar de esta ceremonia.

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