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EMOCIONES ENCONTRADAS: ¿Se lustra?

Así sonaba la voz de aquellos pibes lustrabotas, ya prácticamente extinguidos de las veredas. Vaya a saber si porque hay más trabajo o por tanto sintético, zapatilla y gamuza hirieron de muerte a la actividad. Aquellos muchachitos de las barriadas andaban a ras del suelo, mirando pasar la vida por encima de ellos. Toda una metáfora. El cajoncito, que parecía una casita a dos aguas, tenía en el techo una suela marcada en madera, con una depresión para que entre el taco del calzado y, en su interior, guardaba pomadas, tintas, cepillos y franelas. Ubicados en lugares estratégicos de la calle Mitre, donde seguro “estaría el pique”: galería Arrayanes, donde en el fondo estaba la gloriosa confitería Gustavo I, la esquina del Sky bar, la galería frente al Banco Nación, donde al fondo estaba el Ku kú o la entrada del mercado… eran algunos de los puntos estratégicos.

Por Edgardo Lanfré

Aliados incondicionales de los canillitas (en algunos casos, hacían diario a la mañana y, a la tarde, lustra), se los veía hacerse una pausa en el yugo y comentar algunas cosas; tenían datos de lo cotidiano, el pulso de la calle, a qué hora pasaba este o aquel y hasta eran consultados si habían visto pasar a determinada persona. A veces, “chico de los mandados” o improvisado sereno de algún local, cuyo dueño tuvo que salir de una escapada. “¿Se lustra maestro?”, era el llamado o, simplemente, esperar a que algún cliente posara sus “timbos” en el cajoncito para comenzar la tarea: una cepillada para sacar el polvo, un golpecito en el cajón era la señal para que el cliente cambie de pie, esparcir una capa de pomada (la latita Washington) marrón, marrón militar o negro, una cepillada y el lustre final con la franela, a la cual estiraban con un movimiento “seco”, para que suene, era como un tic o una cábala.

Habitantes de ese universo llamado calle, donde a veces los espacios se defendían a puño limpio; pero, también, dueños de una generosidad y solidaridad que ya no abundan. Más de un niño habrá soñado con ser lustrabotas, ignorando lo que sucedía detrás de escena: escasez, frío, falta de escuela y tantas otras cosas que uno tenía y no se daba cuenta de que, en otros, escaseaba. Aquella vida en las veredas de la ciudad que, desde la infancia, deja marcados para siempre a sus protagonistas. “Acróbata del hambre cuando la suerte se juega sobre el canto de una moneda”, como dice en su canción Alberto Cortéz. Muchos de aquellos lustras han devenido en gastronómicos, quiosqueros, taxistas, propietarios de alguna despensita de barrio, por citar algunos de los conocidos, que uno se sigue cruzando; otros, aun hoy, ya con sus años y con otras realidades y actividades, la siguen en las veredas, expertos en decodificar y conocer a fondo los secretos de “la calle”. Ya se les ha ido para siempre el betún de las manos y su aroma tan particular, pero con orgullo dicen “yo fui lustrabotas”.

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