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Hoy Scalabrini Ortiz tendría mucho trabajo

Fue una de las columnas más sólidas sobre las cuales se apoyó el pensamiento nacional durante el siglo XX. Se trata de una de esas figuras y trayectorias que deberían tenerse presente en forma permanente: hoy se cumplen 120 años de su natalicio. Le tocó desenmascarar el sistema colonial que se implementó en la Argentina desde sus orígenes como unidad política pretendidamente independiente, trabajo ciclópeo en el que obviamente, no estuvo solo.

Es imposible reparar en Raúl Scalabrini Ortiz sin traer a colación las enseñanzas que dejara Arturo Jauretche, al igual que el rol esclarecedor y nacional que en su conjunto, aportó FORJA. Si por algún artificio cercano a la ciencia ficción pudiéramos pensar que hoy viviera, imaginamos que cuestionaría el creciente endeudamiento externo, el predominio del sector financiero en el ámbito económico y la pertenencia de varios encumbrados funcionarios al mundo empresarial.

Pero los cuestionamientos de Scalabrini tampoco dejaría en pie el modelo extractivo que apuntalan por igual gobiernos neoliberales o progresistas a escala americana, objetaría severamente la ausencia de una petrolera auténticamente estatal (la YPF “recuperada” es una sociedad anónima), elevaría la voz para poner de relieve las insólitas prebendas que el Estado otorga a la industria forestal y escribiría sin cesar para denunciar el monocultivo de la soja.

El intelectual al servicio del pueblo murió el 30 de mayo de 1959 en la biblioteca que amaba, rincón de la vivienda que se levantaba en Olivos, Norte del conurbano bonaerense. Durante su existencia, difundió conceptos que deberíamos tener en cuenta cuando escuchamos a tantos columnistas supuestamente especializados. “Estos asuntos de economía y finanzas son tan simples que están al alcance de cualquier niño. Sólo requieren saber sumar y restar. Cuando usted no entiende una cosa, pregunte hasta que la entienda. Si no la entiende es que están tratando de robarlo. Cuando usted entienda eso, ya habrá aprendido a defender la patria en el orden inmaterial de los conceptos económicos y financieros”.

Hacia 1933, Scalabrini Ortiz no podía entender por qué en el país de las vacas y el trigo había hambre. Escribió para el diario “Noticias Gráficas”: “(...) ya hemos entregado al capital extranjero las vías de comunicación terrestre y fluviales y el monopolio del comercio de granos y de la industria de la carne. Todo aquí está bajo el dominio extranjero. Extranjero es la mayoría del capital bancario, extranjeras las grandes empresas de recreaciones públicas, extranjera una parte abrumadora del capital invertido en hipotecas, extranjeros los tranvías y los medios urbanos de movilidad, extranjeros los poseedores de acciones de una increíble proporción de sociedades anónimas que embanderan sus edificios en los días patrios. Extranjeros son también los acreedores del Estado (...)”. Cualquier similitud con la actualidad está lejos de ser una mera coincidencia.

Cuando dos años después, FORJA salió a la palestra, dio a conocer un manifiesto en el que afirmaba “Somos una Argentina colonial, queremos ser una Argentina libre”. Gracias a la consigna, hicieron fila para catalogar a aquellos jóvenes de “marxistas”, “nazis” y “pro estadounidenses”. Ellos replicaron con contundencia: “ni conservadores, ni socialistas, ni radicales, ni comunistas, ni fascistas pueden decir al pueblo la verdad sobre la tragedia que vive la patria”. Tenían razón.

Como muchos de su generación Scalabrini, se sumó al peronismo. Quizás uno de sus párrafos más inolvidables tenga que ver con su descripción del 17 de junio de 1945. Según inmortalizó su pluma “venían de las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de la Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín y Vicente López, de las fundiciones y acerías del Riachuelo, de las hilanderías de Barracas. Brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda o descendían de las Lomas de Zamora. Hermanados en el mismo grito y en la misma fe iban el peón de campo de Cañuelas y el tornero de precisión, el fundidor mecánico de automóviles, la hilandera y el peón. Era el subsuelo de la patria sublevado. Era el cimiento básico de la Nación que asomaba, como asoman las épocas pretéritas de la tierra en la conmoción del terremoto. Era el substrato de nueva idiosincrasia y de nuestras posibilidades colectivas allí presente en su primordialidad (sic) sin reatos y sin disimulos. Era el don nadie y el sin nada en una multiplicidad casi infinita de gamas y matices humanos, aglutinados por el mismo estremecimiento y el mismo impulso, sostenidos por una misma verdad que una sola palabra traducía: Perón”. Esa convicción le valió que se convirtiera en uno de los malditos para los vencedores de 1955. Como no podía ser de otra manera, Scalabrini Ortiz se sumó a la Resistencia. El lugar que dejó vacío hace casi 60 años, nunca se pudo completar.

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